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Es un
homenaje amoroso y espiritual a la lora que acompaña a la artista como
compañera de vida y guía interior. Esta obra celebra el vínculo profundo entre
lo humano y lo animal, donde Lori, convertida en un ser mítico multicolor,
encarna la conexión con la libertad, la naturaleza y la selva de la infancia.
El centro de la pintura se transforma en un altar onírico, donde la lora se
presenta en estado de meditación, rodeada por un coro de aves que la celebran y
resguardan, entre flores de durazno, frutas y gotas sagradas.
Con un lenguaje visual vibrante y simbólico, la artista evoca un mundo de
ensueño donde el tiempo se suspende. Cada pájaro, flor y fruto es parte de un
ritual de reconexión con lo salvaje, lo libre, lo ancestral. Los colores
psicodélicos y las formas acuosas refuerzan una atmósfera mágica, donde la
infancia no es solo recuerdo, sino un portal hacia el autoconocimiento y lo
sagrado. La obra también sugiere una geografía emocional y espiritual, donde la
selva interior florece gracias a la presencia de seres guías como Lori.