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Es una celebración de la metamorfosis emocional y
espiritual a través de la fusión entre flor y rostro, naturaleza y alma. La
obra presenta un jardín encantado donde las flores revelan su rostro, su ser,
sus estados anímicos. Cada "gracia" brota de la tierra como una deidad vegetal
que irradia belleza, fuerza y misterio. Es una escena que conjuga lo festivo
con lo introspectivo, donde el color crea sus personalidades y es una forma de
expresión emocional profunda. Esta obra es un canto visual al vínculo sagrado
con la naturaleza. Las tres gracias encarnan aspectos del alma que
florecen en la sombra y en la luz. La pintura invoca a las antiguas diosas de
la fertilidad y la belleza, reimaginadas como flores con conciencia que habitan
un mundo surrealista, mágico y cargado de símbolos. Sus rostros nos miran desde
un más allá vegetal, invitándonos a volver a nuestras raíces, a sentirnos parte
del gran jardín cósmico. En esta visión, lo espiritual brota como una flor silvestre.