Esta obra retrata a una criatura onírica: una mujer-gata con actitud introspectiva y protectora, con los brazos cruzados que sostienen dos flores y coronada por una luna creciente que flota sobre su cabeza como símbolo de conexión con lo cósmico y lo misterioso. Su mirada penetrante, elaborada con detalles minuciosos, interpela directamente al espectador, provocando una sensación de extrañeza y reconocimiento al mismo tiempo. Este ser se presenta como una sacerdotisa felina que sostiene las flores de la transformación entre sus manos. Esta gata lunar no sólo sugiere una figura femenina empoderada, sino que propone una sensibilidad híbrida y mitopoética que evoca tanto la sensualidad como la fuerza interior.