Aquí construyo un universo onírico, donde las figuras centáuricas encarnan el deseo, el erotismo y la espiritualidad fusionados en un mismo cuerpo híbrido. A través de líneas fluidas y detalladas, se revela un espacio surreal donde conviven astros, plumas, ojos, semillas, labios y criaturas elementales. El centro de la escena es habitado por dos seres fusionados: parte humana, parte animal, parte cósmica. Sus rostros se encuentran en un beso que no es sólo carnal, sino también almático. Del contacto emanan signos, estrellas y vuelos interiores. A su alrededor, el paisaje se transforma en un jardín simbólico donde florecen la memoria, el cuerpo y el inconsciente.